La rotación en el equipo de Trump

La administración Trump tiene una tasa sin precedentes de rotaciones para su equipo de alto nivel, que no muestra señales de reducirse. Este nivel de disrupción sería difícil de manejar para cualquier organización, pero estas dificultades se elevan por el singular entorno de esta Casa Blanca en particular.

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La administración Trump tiene una tasa sin precedentes de rotaciones para su equipo de alto nivel, que no muestra señales de reducirse. Este nivel de disrupción sería difícil de manejar para cualquier organización, pero estas dificultades se elevan por el singular entorno de esta Casa Blanca en particular.

Aunque ha existido mucha cobertura sobre las elevadas rotaciones en la administración Trump, no se han analizado tanto sus costos potenciales. ¿Es la rotación algo malo?

De acuerdo con décadas de investigación, la respuesta es sí. Cada líder de alto nivel tiene su propio estilo, enfoque, objetivos y prácticas preferidas. Cuando una organización tiene un nuevo líder, su productividad disminuye conforme se adapta al cambio. Aunque reemplazar a un liderazgo de mal desempeño puede ayudar a mejorarla con el paso del tiempo, la disrupción durante el periodo de transición es inevitable, y transiciones frecuentes dificultan establecer un ritmo de trabajo.

Adicionalmente, la alta rotación en el equipo directivo de una organización tenderá a hacer que está en general se desempeñe peor. Los miembros efectivos de un equipo necesitan confiar entre sí y poder compartir preocupaciones sin temor al castigo. La confianza y el entendimiento se construyen con el paso del tiempo, estos rasgos no pueden existir en un equipo que constantemente introduce nuevos integrantes.

La rotación usualmente es alta en el equipo de alto nivel de cualquier presidente. La presión y horarios de sus puestos igualan o exceden a los trabajos más demandantes del sector privado, sin ofrecer las elevadas compensaciones que disfrutan los ejecutivos fuera del gobierno. Además, el escrutinio público es incesante.

Incluso aunque una alta rotación del equipo es normal en la Casa Blanca, los problemas que crea tienden a ser peores en el ala oeste. Primero, reemplazar al equipo es más difícil que en una organización normal: un complejo proceso de verificación de seguridad y la necesidad de tomar en cuenta a diferentes grupos políticos limitan las opciones de la Casa Blanca para el reemplazo de personal.

Segundo, la curva de aprendizaje para las nuevas contrataciones es particularmente desafiante. Trabajar en la Casa Blanca no es como pasar de un puesto del sector privado a otro. Cada vez que remueve a un miembro del equipo, particularmente cuando lo reemplaza con alguien sin experiencia en los altos niveles del gobierno, el proceso de aprendizaje inicia de cero.

El presidente Donald Trump ha reemplazado al 48% de los integrantes de la Oficina Ejecutiva del Presidente. Ese número fue de 17% para Ronald Reagan, 7% para George H.W. Bush, 11% para Bill Clinton, 6% para George W. Bush y 9% para Barack Obama, a ese punto de sus administraciones. Esencialmente, la mitad del equipo principal de Trump está en su primer año en el trabajo, incluso aunque él va en el segundo. Además, el número de asistentes de Trump que no tienen experiencia en el gobierno es inusualmente alto.

Ciertas características de la administración Trump vuelven incluso más difícil contratar personas que son de calibre tradicional para la Casa Blanca. La negativa de la administración para contratar republicanos que se opusieron a Trump en las primarias limita el de por sí superficial banco de talentos.

La forma humillante en que los miembros del equipo son despedidos también influirá para hacer más difícil que la Casa Blanca atraiga nuevo talento. El Secretario de Estado, Rex Tillerson, se enteró de que estaba despedido vía Twitter. El Consejero de Seguridad Nacional, H.R. McMaster, quedó en el limbo durante semanas mientras se multiplicaban los rumores de su inminente salida. Más recientemente, la Casa Blanca dijo que el Secretario de Asuntos de los Veteranos, David Shulkin, renunció, incluso aunque Shulkin dice que fue despedido vía Twitter.

Un rasgo adicional que es único de esta Casa Blanca es que los exmiembros del equipo han sido generalmente incapaces de encontrar las lucrativas posiciones del sector privado que normalmente están disponibles para quienes ocuparon dichos puestos. Sean Spicer y Reince Priebus, los antiguos jefes de prensa y de staff, respectivamente, no han obtenido la clase de empleos que sus predecesores lograron. Si un rol en la Casa Blanca comienza a percibirse como una limitación y no como un impulso para la carrera, será más difícil contratar a los mejores empleados.

Finalmente, la investigación de Robert Mueller y otros escándalos dejan a quienes pudieran unirse a la administración en riesgo de costosos enredos legales, ya que los recién contratados pueden verse involucrados en investigaciones sobre obstrucción de la justicia. Servir en la Casa Blanca a un precio de humillación, potencial bancarrota o incluso procesamiento, es mucho que pedir de las pocas personas que son al mismo tiempo aceptables para la administración y capaces de cumplir sus roles.

Hay pocas razones para esperar un cambio. Trump se enorgullece de hacer las cosas en forma distinta. Cambiar su enfoque sobre manejo del talento es probablemente una baja prioridad, y es improbable que Trump pudiera cambiar incluso si quisiera: La Oficina de Personal Presidencial, encargada de contratar en la Casa Blanca, tiene menos de una tercera parte de su tamaño en administraciones previas, y la única experiencia laboral que muchos de sus integrantes tienen es dentro de la campaña de Trump. Los problemas de contrataciones de la administración Trump parecen estar afectando incluso a la organización encargada de resolverlos.

Cada presidente necesita algo de ayuda con el trabajo, y uno sin experiencia previa en el gobierno la necesita más. Parte del atractivo de Trump hacia sus seguidores se basaba en su insistencia de tomar un enfoque radicalmente distinto del de sus predecesores. Mi investigación sobre este tipo de líder -los llamo líderes “sin filtro”- muestra que tienden a ser o enormes éxitos o catastróficos fracasos. Algo que los exitosos tienen en común es que eligen sus espacios. Ningún líder puede ser distinto en todo a la vez. Precisamente porque los líderes sin filtro suelen tomar decisiones y promover políticas que nadie más haría, necesitan rodearse de equipos más capaces que los líderes ordinarios, como Lincoln lo hizo con su legendario “equipo de rivales.” El manejo de Trump sobre la Casa Blanca ha hecho virtualmente imposible que se rodee de un equipo de primer nivel.

Trump puede sentir que prospera en el caos. Pero si los grandes líderes necesitan equipos sólidos a su alrededor, esta administración probablemente caerá en mayor desorden.

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“La forma humillante en que los miembros del equipo son despedidos también influirá para hacer más difícil que la Casa Blanca atraiga nuevo talento”.

“Hay pocas razones para esperar un cambio. Trump se enorgullece de hacer las cosas en forma distinta”.

“Trump puede sentir que prospera en el caos. Pero si los grandes líderes necesitan equipos sólidos a su alrededor, esta administración probablemente caerá en mayor desorden”.

La administración Trump tiene una tasa sin precedentes de rotaciones para su equipo de alto nivel, que no muestra señales de reducirse. La rotación usualmente es alta en el equipo de alto nivel de cualquier presidente.

Primero, reemplazar al equipo es más difícil que en una organización normal: un complejo proceso de verificación de seguridad y la necesidad de tomar en cuenta a diferentes grupos políticos limitan las opciones de la Casa Blanca para el reemplazo de personal.

Segundo, la curva de aprendizaje para las nuevas contrataciones es particularmente desafiante. Trabajar en la Casa Blanca no es como pasar de un puesto del sector privado a otro.

El presidente Donald Trump ha reemplazado al 48% de los integrantes de la Oficina Ejecutiva del Presidente. Además, el número de asistentes de Trump que no tienen experiencia en el gobierno es inusualmente alto.

Ciertas características de la administración Trump vuelven incluso más difícil contratar personas que son de calibre tradicional para la Casa Blanca.

Why Staff Turnover in the White House Is Such a Bad Thing — Especially for Trump

The Trump administration has an unprecedented turnover rate for its senior staff that shows no sign of abating. This level of disruption would be difficult for any organization to handle. But these difficulties are compounded by the unique environment of this particular White House.

While there’s been a lot of coverage on the high turnover in the Trump administration, there hasn’t been much analysis of its potential costs. Is turnover a bad thing?

According to decades of research, the answer is yes. Every senior leader has his own style, approach, objectives and preferred practices. When an organization gets a new leader, its productivity slows down as it adapts to the changeover. Although replacing a poorly performing organization’s leadership can help it improve over time, disruption during the transition is inevitable, and frequent transitions make it difficult to establish a work rhythm.

Additionally, high turnover in an organization’s top management team is likely to make the organization as a whole perform worse. Effective team members need to trust one another and be able to share concerns without fear of punishment. Trust and understanding build over time; these traits cannot exist in a team that is constantly introducing new members.

Turnover in any president’s senior staff is usually high. The pressure and hours of these positions match or exceed the most demanding private sector jobs without offering the high compensation that executives enjoy outside of government. And the public scrutiny is relentless.

Even though high staff turnover is normal in the White House, the problems that it creates tend to be worse in the West Wing. First, replacing staff is more difficult than in a normal organization: A complex security clearance process and the need to assuage different political constituencies constrain the White House’s options for staff replacement.

Second, the learning curve for new hires is particularly daunting. Working in the White House is not like moving from one private sector job to another. Every time you remove a staff member, particularly when you replace that person with someone without senior government experience, the learning process starts all over again.

President Donald Trump has replaced 48% of the members of the Executive Office of the President. That number was 17% for Ronald Reagan, 7% for George H.W. Bush, 11% for Bill Clinton, 6% for George W. Bush and 9% for Barack Obama at similar points in their administrations. Essentially, half of Trump’s senior team is on their first year on the job even though he’s on his second. Also, the number of Trump staffers who are inexperienced in government is unusually high.

Certain characteristics of Trump’s administration make it even harder to hire people who are of traditional White House caliber. For instance, the administration’s refusal to hire Republicans who opposed Trump in the primaries limits the already shallow talent pool.

The humiliating manner in which staff members are fired is also likely to make it tougher for the White House to attract new talent. Secretary of State Rex Tillerson found out that he was fired from Twitter. National security adviser H.R. McMaster was left to drift in the wind for weeks while rumors of his impending ouster were bruited about. More recently, the White House claimed that Veterans Affairs Secretary David Shulkin resigned, even though Shulkin says that he was fired via Twitter.

An additional trait unique to this White House is that former senior staff members have been largely unable to find the lucrative private sector positions that are normally available to people who used to hold their positions. Sean Spicer and Reince Priebus, the former press secretary and chief of staff, respectively, have both failed to land the sorts of jobs that their predecessors did. If a White House role starts to be seen as a career-limiter rather than a career-launcher, it becomes harder to hire the best employees.

Finally, the investigation by special counsel Robert Mueller and other scandals leave people who may join the administration vulnerable to costly legal entanglement, as new hires can be swept up in an investigation into continuing obstruction of justice. Serving the White House at the price of humiliation, potential bankruptcy or even prosecution is a lot to ask of the few people who are both acceptable to the dministration and capable of filling the roles.

There’s little reason to expect a turnaround. Trump prides himself on doing things differently. Changing his approach to talent management is probably a low priority for him, and it’s unlikely Trump could change even if he wanted to: The Presidential Personnel Office, the office tasked with staffing the White House, is less than a third of its size in previous administrations, and the only work experience many members of its staff have is working on the Trump campaign. The Trump administration’s staffing problems seem to be hindering the very organization responsible for fixing them.

Every president needs some help on the job, and one with no previous experience in government needs more of it. Some of Trump’s appeal to his supporters was grounded in his insistence on taking an approach that is radically different from that of his predecessors. My research on this type of leader — I call them “unfiltered” leaders — shows that they tend to be either enormous successes or catastrophic failures. One thing the successful ones have in common is that they pick their spots. No leader can be different in all things all the time. Precisely because unfiltered leaders are often making choices and pushing policies that no one else would, they need to surround themselves with more capable teams than ordinary leaders, much as Lincoln did with his legendary “team of rivals.” Trump’s management of the White House has made it virtually impossible for him to surround himself with a top-notch team.

Trump may feel that he thrives on chaos. But if great leaders need strong teams behind them, his administration is likely to slide into deeper disarray.

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