La despedida de Andrés Iniesta, y cómo hacer que cuenten los finales en el trabajo

Andrés Iniesta, uno de los jugadores más talentosos y exitosos de su generación, descalzo, estaba solo en la cancha del Camp Nou, el estadio del FC Barcelona, después de jugar su último partido con el club. El retrato capturó un momento muy existencial, cuando el trabajo, el juego y el show han terminado y todo lo que permanece es una persona en un espacio vacío.

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El juego había terminado. El aplauso se había acabado, y las personas se habían ido a casa. Su trabajo estaba hecho y ahora podría descansar, así que se quitó los botines y se sentó. Alguien tomó una fotografía y se volvió viral. Andrés Iniesta, uno de los jugadores más talentosos y exitosos de su generación, descalzo, estaba solo en la cancha del Camp Nou, el estadio del FC Barcelona, después de jugar su último partido con el club.

El retrato capturó un momento muy existencial, cuando el trabajo, el juego y el show han terminado y todo lo que permanece es una persona en un espacio vacío. Un espacio donde el pasado es historia y el futuro todavía no inicia. Es un espacio que todos visitamos, más o menos voluntariamente, cuando cambiamos de empleo o enfrentamos grandes cambios de carrera.

Para Iniesta, esa noche marcó uno de dichos cambios. Su vida laboral continuará. Una última Copa del Mundo, un epílogo de su carrera en Japón y nuevos capítulos después de ello. Sin embargo, la fotografía no solo capturó el final de una temporada. Fue el final de una era.

Su despedida es un recordatorio de que es fácil sentirse vivo y tener un lugar cuando el juego está en marcha, pero a menos que podamos estar igualmente vivos y tener algún espacio cuando el juego se detenga, entonces no somos atletas, sino peones -de la ambición, de los incentivos o de ambos. Por ello no podemos ser plenamente humanos en organizaciones que tengan pocos rituales y poco espacio para la quietud, el silencio, la tristeza.

En muchos lugares de trabajo solemos carecer de los rituales y espacios para terminar proyectos y periodos. Las compañías suelen recompensar emociones activas, como la alegría, la felicidad y el entusiasmo, y reducir el amor a “ama lo que haces y haz lo que amas.” No dejan mucho espacio para esas horas o días en los que el amor nos rompe el corazón.

Una vida laboral sin finales es como una historia sin puntuación: entre más se alarga menos tiene sentido. Necesitamos mejorar mucho en cuanto a los finales, y también nuestras organizaciones: Nuestro trabajo no puede ser significativo si no podemos honrar los finales y si no se nos brindan espacios para hacerlo. Los finales profesionales pueden ser exuberantes, como la celebración de despedida para el antiguo CEO de Net-a-Porter, Mark Sebba, o pueden ser serios, como la partida del helicóptero del Presidente de los Estados Unidos hacia lo desconocido. Lo que importa es que un capítulo de la carrera “no sólo se detiene, termina,” como señala Priya Parker, quien aconseja a las compañías sobre cómo reunirse en forma más significativa.

Los seguidores del FC Barcelona, aunque no estaban contentos con la salida de Iniesta, pusieron el desencanto de lado para desearle lo mejor. Mantener el estadio abierto para Iniesta no tenía una función práctica. No le dio ganancias al club y no le ganó puntos, pero obtuvo para sus seguidores una memoria indeleble, y ese es el poder de las organizaciones que se toman en serio los finales.

“Las compañías suelen recompensar emociones activas, como la alegría, la felicidad y el entusiasmo, y reducir el amor a “ama lo que haces y haz lo que amas.” No dejan mucho espacio para esas horas o días en los que el amor nos rompe el corazón”.

“Una vida laboral sin finales es como una historia sin puntuación: entre más se alarga menos tiene sentido”.

“Nuestro trabajo no puede ser significativo si no podemos honrar los finales y si no se nos brindan espacios para hacerlo”.

Andrés Iniesta, uno de los jugadores más talentosos y exitosos de su generación, descalzo, estaba solo en la cancha del Camp Nou, el estadio del FC Barcelona, después de jugar su último partido con el club.

Para Iniesta, esa noche marcó uno de dichos cambios. Su vida laboral continuará. Una última Copa del Mundo, un epílogo de su carrera en Japón y nuevos capítulos después de ello. Sin embargo, la fotografía no solo capturó el final de una temporada. Fue el final de una era.

En muchos lugares de trabajo solemos carecer de los rituales y espacios para terminar proyectos y periodos. Las compañías suelen recompensar emociones activas, como la alegría, la felicidad y el entusiasmo, y reducir el amor a “ama lo que haces y haz lo que amas.” No dejan mucho espacio para esas horas o días en los que el amor nos rompe el corazón.

Los seguidores del FC Barcelona, aunque no estaban contentos con la salida de Iniesta, pusieron el desencanto de lado para desearle lo mejor. Mantener el estadio abierto para Iniesta no tenía una función práctica. No le dio ganancias al club y no le ganó puntos, pero obtuvo para sus seguidores una memoria indeleble, y ese es el poder de las organizaciones que se toman en serio los finales.

© 2018 Harvard Business School Publishing Corp.

De: hbr.org

Distribuido por: The New York Times Syndicate.

Andrés Iniesta’s Farewell, and How to Make Endings Count at Work

The game had ended. The applause had died down, and people had gone home. His work was done, now he could rest. So he took off his cleats and he sat down. Someone took a picture, and it went viral. Andrés Iniesta, one of the most gifted and successful soccer players of his generation, barefoot, was alone on the pitch of Camp Nou, the stadium of FC Barcelona, after playing his last game for the club.

The portrait captured a very existential moment, when the work, the game and the show are over and all that remains is a person in an empty space. A space in which the past is history and the future is yet to begin. It is a space we all visit, more or less willingly, whenever we change jobs or face major career shifts.

For Iniesta, that night marked one such change. His working life will go on. There will be one last World Cup, a career epilogue in Japan and new chapters after that. And yet the picture did not just capture the end of a season. It was the end of an era.

His farewell is a reminder that it’s easy to feel alive and have a place when the game is on, but unless we can be just as alive, and have some space, when the game stops, then we are not athletes but pawns — of ambition, incentives or both. This is why we cannot be fully human in organizations that have few rituals and little space for stillness, silence, sadness.

At many workplaces, we often lack the rituals and spaces to end projects and tenures. Companies often reward active emotions such as joy, happiness and enthusiasm and reduce love to “love what you do, and do what you love.” They don’t make much space for those hours or days in which love breaks our hearts.

A working life without endings is like a story without punctuation: The more it goes on, the less it makes sense. We need to become much better at endings, and so do our organizations: Work can’t be meaningful if we can’t honor endings and if we are not offered spaces to do so. Professional endings can be exuberant, like the send-off celebration for retiring Net-a-Porter CEO Mark Sebba, or earnest, like the parting U.S. president’s helicopter takeoff into the unknown. What matters is that a career chapter “doesn’t just stop, it ends,” as Priya Parker, who advises companies on how to gather more meaningfully, puts it.

FC Barcelona’s fans, though not content with Iniesta’s departure, put disenchantment aside to bid him farewell. Keeping the stadium open for Iniesta served no practical function. It made the club no profits and won it no points, but won its fans an indelible memory. And that is the power of organizations that take endings seriously.

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