La importancia del estatus en las relaciones interpersonales

Solamente los jugadores de alto estatus eran capaces de “perdonar” la grosería de otra persona. Hay un orden natural en todo grupo de personas tiene que ver con la actitud de cada persona hacia el resto del grupo. En este artículo le presentamos cómo el estatus es una cuestión de actitud y auto percepción y cómo impacta en las relaciones personales.

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Honestamente, usted quisiera reventarle la cabeza a la otra persona con un portafolio.

Posiblemente, usted saldrá caminando con un atisbo de dignidad, prometiéndose a sí mismo que nunca volverá a tolerar esta clase de abuso.

En la realidad, forzará una sonrisa, evitará el contacto visual y le dirá al cliente, con la mandíbula tensa, que quisiera escuchar su retroalimentación.

Sin embargo, idealmente, usted se desconectaría un momento, mediría a la contraparte, sonreiría generosamente, extendería su mano y diría que está interesado en ver cómo avanzan las cosas. Saldría caminando y sintiendo que ha demostrado gracia bajo presión, manteniendo su dignidad y estatus.

En mi trabajo me enfoco mucho en el estatus y cómo afecta las relaciones en el lugar de trabajo. Recientemente tuve el placer de reconectarme con una clienta con la que había trabajado cuando ella encabezaba el área de liderazgo y desarrollo en uno de los hoteles más ocupados de Hong Kong.

Ella y su gerente general estaban preocupados por la elevada rotación de personal y los bajos resultados de satisfacción laboral reflejados en la más reciente encuesta del hotel. “Nuestro equipo, particularmente aquellos que trabajan en servicio al cliente, está bajo una presión extrema,” me explicaron. “Este es un hotel muy ocupado, con huéspedes muy demandantes, y realmente quisiéramos darle a nuestros trabajadores algo que los ayude a lidiar con el estrés y construir confianza en sí mismos.”

Me pareció que muchos de los problemas tenían que ver con la percepción que los empleados tenían de su estatus. Hay un orden natural en todo grupo de personas, y no necesariamente tiene que ver con puestos o títulos: tiene que ver con la actitud de cada persona hacia el resto del grupo. La confusión respecto al estatus es la fuente de muchos problemas. En el teatro, por ejemplo, solemos encontrar que cuando una escena no está saliendo bien en los ensayos, es porque la relación de estatus entre los personajes no ha sido definida por los actores.

Usted debe partir de una especie de entendimiento respecto a lo que realmente significa el estatus. En mi trabajo, defino el estatus de una persona con base en su estimación de valor propio, en lugar de la evaluación de alguien más. Es un juicio personal e interno, y como tal es completamente auto-controlado –nadie puede hacerlo sentirse poco importante. La contraparte puede actuar en formas que están consciente o subconscientemente diseñadas para elevar su estatus, pero sólo usted puede reducir el suyo.

Apliqué esta definición en una serie de juegos de improvisación con el equipo del hotel, incluyendo la hipnosis y el tradicional de Please the Queen. A continuación, discutimos cómo podíamos aplicar las lecciones de los juegos a situaciones en el lugar de trabajo.

La idea que se consolidó en este grupo fue la noción de que sólo los jugadores de alto estatus eran capaces de “perdonar” la grosería de otra persona. En ejercicios de juego de roles con actores que se mostraron como huéspedes groseros o poco razonables, encontramos que una vez que los participantes identificaron el comportamiento del cliente como algo negativo y decidieron perdonarlo, no sólo fueron capaces de lidiar cómodamente con la situación, sino que terminaron sintiéndose muy orgullosos de cómo la habían manejado.

Para darle a esta idea una forma concreta, los participantes la enmicaron y pusieron en el escritorio (donde sólo el empleado pudiera verlo) un pequeño letrero que simplemente decía: Te perdono.

“Posiblemente, usted saldrá caminando con un atisbo de dignidad, prometiéndose a sí mismo que nunca volverá a tolerar esta clase de abuso”.

“Hay un orden natural en todo grupo de personas, y no necesariamente tiene que ver con puestos o títulos: tiene que ver con la actitud de cada persona hacia el resto del grupo”.

La contraparte puede actuar en formas que están consciente o subconscientemente diseñadas para elevar su estatus, pero sólo usted puede reducir el suyo”.

Cuando se le presenta una situación estresante en su relación con otras personas usted podría querer reventarle la cabeza a la otra persona con un portafolio. Sin embargo, idealmente, usted se desconectaría un momento, mediría a la contraparte, sonreiría generosamente, extendería su mano y diría que está interesado en ver cómo avanzan las cosas. Saldría caminando y sintiendo que ha demostrado gracia bajo presión, manteniendo su dignidad y estatus.

Muchos de los problemas tenían que ver con la percepción que los empleados tenían de su estatus. Hay un orden natural en todo grupo de personas, y no necesariamente tiene que ver con puestos o títulos: tiene que ver con la actitud de cada persona hacia el resto del grupo. La confusión respecto al estatus es la fuente de muchos problemas.

El estatus de una persona se debe definir con base en su estimación de valor propio, en lugar de la evaluación de alguien más. Es un juicio personal e interno, y como tal es completamente auto-controlado –nadie puede hacerlo sentirse poco importante y solamente las personas con un alto estatus eran capaces de “perdonar” la grosería de otra persona.

© 2017 Harvard Business School Publishing Corp.

De: hbr.org

Distribuido por: The New York Times Syndicate.

Forgiving makes you more important

Honestly, you would like to beat the other person over the head with your briefcase.

Possibly, you will walk out with a sliver of dignity, promising yourself you will never put up with that sort of abuse again.

In reality, you will force a smile, avoid eye contact and tell the client, through gritted teeth, that you look forward to getting his feedback.

But, ideally, you would detach for a moment, take the measure of the man, smile graciously, extend your hand and say that you’d be interested to see how things progress. You would walk out feeling that you had demonstrated grace under pressure, maintaining your dignity and your status.

In my work I focus a great deal on status and how it affects interactions in the workplace. I recently had the pleasure of reconnecting with a client with whom I worked when she was heading up leadership and development at one of Hong Kong’s busiest hotels.

She and her general manager were concerned by high staff turnover and the low satisfaction results coming out of the hotel’s most recent employee survey. “Our staff, particularly those working on the front desk, is under extreme pressure,” they told me. “This is a busy hotel with very demanding guests, and we would really like to provide our people with something that will help them cope with the stress and build their self-confidence.”

My sense was that a lot of the problems had to do with the employees’ perception of their status. There is a natural pecking order in any group of people, and it doesn’t necessarily have to do with positions or titles: It has to do with each person’s attitude toward the rest of the group. Confusion about status is the source of many problems. In theater, for example, we often find that when a scene isn’t playing truthfully in rehearsals, it is because the status relationships between the characters have not been defined for the actors.

You have to begin with some kind of understanding of what status really means. In my work, I define a person’s status by his own estimation of self-worth, rather than someone else’s assessment. It is a personal and internal judgment and, as such, is completely self-controlled – nobody can make you feel unimportant. They can act in ways that are either consciously or unconsciously designed to raise their own status, but only you can lower your status.

I applied this definition in a series of improv games with the hotel staff, including Augusto Boal’s Colombian Hypnosis and the old standby Please the Queen. Afterward, we discussed how we could apply the lessons from the games to situations in the workplace.

The idea that took hold with this group was the notion that only high-status players were able to “pardon” another person’s rudeness. In role-play exercises with actors who performed as rude or unreasonable guests, we found that once participants identified the other person’s behavior as bad and then chose to pardon the rudeness, they were not only able to comfortably deal with the situation but they also walked away feeling rather proud of how they had handled it.

To give this idea a concrete form, the participants laminated and put on the front desk (where only the staff could see it) a little sign that simply read: I forgive you.

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