Para fomentar la innovación use técnicas de preescolar

La innovación parte de un proceso creativo que en la edad adulta y por tanto en las organizaciones, tiene un sesgo que parte de la “madurez” de la persona. En este artículo de Peter Merholz nos habla de cómo emplear técnicas de “preescolar” puede fomentar la creatividad y la innovación, e incluso ayudar al clima laboral.

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Desde hace mucho tengo problemas para reconciliar mi disgusto con la frase “design thinking” (pensamiento de diseño) con mi aprecio por la clase de actividades que esta representa. Sin embargo, creo que recientemente tuve un pequeño avance.

En mi compañía, como en organizaciones alrededor del mundo, nuestro enfoque está en ayudar a los clientes a asumir nuevas formas de trabajo. Los alentamos a desbloquear su creatividad, tomar más riesgos y superar sus prejuicios analíticos. Evaluando nuestro enfoque, me di cuenta de que casi todo lo que proponemos proviene de lecciones aprendidas en preescolar.

Una de nuestras propuestas más radicales es que todo cliente que acude a nosotros buscando orientación debería hacer un dibujo. En nuestra oficina nadie está exento del requisito de crear una imagen improvisada, incluso si ello significa contentarse con figuras a base de líneas. Justificamos este ejercicio para “hacer que las ideas sean tangibles y concretas,” pero en realidad mucho de su valor yace en simplemente involucrar en un contexto empresarial a una parte del cerebro que muchas veces está dormida. El bosquejar también brinda la libertad de crear y explorar sin temor a ser juzgado. Nos aseguramos de que haya a la mano muchos suministros de dibujo y de dejar que nuestros clientes garabateen su inspiración en papel o en un pintarrón. Observar este proceso es increíble: gente de negocios en traje y corbata se deja llevar por la diversión del proceso, y repentinamente son como niños rompiendo crayones o pintando con el dedo en el kínder.

En este tipo de sesión colaborativa de trabajo, dejamos en claro que esperamos que todos contribuyan, y las contribuciones de ninguna persona son más valiosas o tienen más peso que las de otras. Esto aplica a lo largo de los departamentos, y también hacia arriba y hacia debajo de la escala organizacional. Como en el preescolar, donde no hay jerarquía, en nuestra oficina se alienta a los artistas a tomar turnos, y todos están al mismo nivel.

El espacio físico, y cómo se mueven las personas dentro de él, juega un rol crucial en nuestro trabajo creativo. Los equipos se reúnen alrededor de mesas. Hay pintarrones para dibujar y tablas de corcho para desplegar los trabajos terminados. Rápidamente surge una agitación similar a la del kínder: clientes acostumbrados a pasar 12 horas diarias en su escritorio sienten repentinamente la necesidad de pararse con frecuencia, ya sea para poner sus dibujos en el muro, o para observar lo que otros han dibujado. Esto me recuerda el cinético caos del preescolar, una época antes de que los estudiantes sean colocados en prolijas líneas de pequeños escritorios –que son esencialmente precursores de las granjas de cubículos que encontrarán con adultos.

Si necesita más pruebas de que todo lo que hay que saber acerca de innovación lo aprendió en el kínder, no necesita sino observar el Desafío de los Malvaviscos. En este ejercicio, los equipos tienen 18 minutos para construir la torre más alta usando 20 varas de espagueti, un metro de cinta, un metro de cuerda y un bombón. Toda clase de equipos, de cualquier edad, grupo y profesión, toman parte en este desafío, y los equipos que tienen consistentemente el mejor resultado, superando a estudiantes de negocios, ejecutivos y la mayoría de los profesionales de alto nivel, son aquellos compuestos de niños de preescolar. Los infantes de 5 años enfocan el desafío de una forma alegre: cooperan, reconocen que no saben exactamente lo que están haciendo y prueban muchos métodos distintos para descubrir qué funciona mejor. Resulta que esta es consistentemente la estrategia ganadora.

Considerando toda esta evidencia, quizá deberíamos bajarnos de nuestros caballos y comenzar a referirnos a estas prácticas de innovación no como “pensamiento de diseño”, sino como “acción de preescolar”.

“Una de nuestras propuestas más radicales es que todo cliente que acude a nosotros buscando orientación debería hacer un dibujo”.

“Nos aseguramos de que haya a la mano muchos suministros de dibujo y de dejar que nuestros clientes garabateen su inspiración en papel o en un pintarrón”.

“Los infantes de 5 años enfocan el desafío de una forma alegre: cooperan, reconocen que no saben exactamente lo que están haciendo y prueban muchos métodos distintos para descubrir qué funciona mejor”.

Muchas organizaciones alrededor del mundo se enfocan en ayudar a los clientes a asumir nuevas formas de trabajo. Los alientan a desbloquear su creatividad, tomar más riesgos y superar sus prejuicios analíticos. Evaluando ese enfoque, Peter Merholz se dio cuenta de que casi todo lo que proponen proviene de lecciones aprendidas en preescolar.

Se crean sesiones colaborativas de trabajo donde se les pide bosquejar y dejan en claro que se espera que todos contribuyan, y las contribuciones de ninguna persona son más valiosas o tienen más peso que las de otras. Esto aplica a lo largo de los departamentos, y también hacia arriba y hacia debajo de la escala organizacional. Como en el preescolar, donde no hay jerarquía, en nuestra oficina se alienta a los artistas a tomar turnos, y todos están al mismo nivel.

El espacio físico, y cómo se mueven las personas dentro de él, juega un rol crucial en nuestro trabajo creativo. Los equipos se reúnen alrededor de mesas. Hay pintarrones para dibujar y tablas de corcho para desplegar los trabajos terminados.

Considerando toda esta evidencia, quizá deberíamos bajarnos de nuestros caballos y comenzar a referirnos a estas prácticas de innovación no como “pensamiento de diseño”, sino como “acción de preescolar”.

© 2017 Harvard Business School Publishing Corp.

De: hbr.org

Distribuido por: The New York Times Syndicate.

Innovate like a kindergartner

I’ve long had trouble reconciling my distaste for the phrase “design thinking” with my appreciation for the kinds of activities the phrase represents. Recently, however, I believe I had a small breakthrough.

At my company, as at organizations around the globe, our focus is on helping clients embrace new ways of working. We encourage them to unlock their creativity, take more risks and overcome their analytical biases. Taking stock of our approach, I’ve realized that nearly everything we advocate comes from lessons learned in kindergarten.

One of our more radical propositions is that every client who comes to us for guidance should make a drawing. In our office, no one is exempt from the requirement of creating a homemade picture, even if that means settling for stick figures. We justify this exercise as “making ideas tangible and concrete,” but in truth, much of its value lies in simply engaging an often-dormant part of the brain in a business context. Sketching also provides the freedom to create and explore without fear of judgment. We make sure there are plenty of drawing supplies on hand and let our clients scribble out their inspiration on paper or a whiteboard. Watching this process is incredible: Businesspeople in suits and ties give in to the fun of the process, and suddenly they’re just like children breaking out crayons or finger paints in kindergarten.

In this type of collaborative work session, we make it clear that everyone is expected to contribute, and no one person’s contributions are more valuable, or have more weight, than others’. This applies across departments and also up and down the organizational ladder. As in kindergarten, where there is no hierarchy, in our office the artists are encouraged to share and take turns, and everyone is on equal footing.

Physical space, and how people move within it, plays a crucial role in our creative work. Teams gather around tables. There are whiteboards for drawing and corkboards to display finished work. A kindergarten-like restlessness soon ensues: Clients used to spending 12-hour days at their desks suddenly feel the need to get up frequently, whether to put their work up on the wall, or to look around and see what others have drawn. This reminds me of the kinetic chaos of kindergarten, a time before students are placed in neat rows of little desks – which are essentially precursors to the cubicle farms they will encounter as adults.

If you need more proof that everything you need to know about innovation you learned in kindergarten, look no further than The Marshmallow Challenge. In this exercise, teams have 18 minutes to build the tallest freestanding tower made out of 20 sticks of spaghetti, one yard of tape, one yard of string and a single marshmallow. All sorts of teams, from every age group and profession, take part in this challenge. And the teams that consistently do the best, walloping the business students, executives and most high-level professionals, are those comprised of kindergartners. Five-year-olds approach the challenge in a playful manner: They cooperate, recognize that they don’t know exactly what they’re doing and try many different methods to figure out what works best. It turns out that this is consistently the winning strategy.

Given all this evidence, maybe we should get off our high horses and start referring to these innovation practices not as “design thinking,” but as “kindergarten doing.”

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