Sea empático, póngase en los zapatos de su colega

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La empatía o el hecho de ponerse en los zapatos del otro, es de gran utilidad al momento de tratar con su jefe, un cliente o sus compañeros de trabajo.
Aquí le mostramos por qué.

TIEMPO DE LECTURA

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¿Cómo se calcula?

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Comienzo mis mañanas corriendo alrededor de Central Park en la ciudad de Nueva York. A lo largo de los últimos 18 meses, se ha convertido más en esquivar ciclistas que en ir a un trote relajante. Las maldiciones -con los gestos correspondientes- e incluso un choque apenas evitado son situaciones cotidianas mientras estos dos grupos de atletas tratan de hacer su ejercicio diario. Incluso he visto a un ciclista escupirle a un corredor.

¿Por qué tantos ciclistas pueden estar tan enojados? Tratando de entender, el sábado pasado tomé prestada la bicicleta de un amigo, me puse sus zapatos de ciclista y los puse sobre los pedales. Entré el parque en la calle West 77th, donde una profunda rampa desciende hacia el circuito de seis millas. Rápidamente aceleré mientras bajaba y tuve que integrarme a un camino repleto de corredores y peatones que no me estaban poniendo atención. Conforme mi bicicleta tomaba velocidad y yo trataba de ingresar al circuito, me di cuenta de que estaba en peligro -y de que también estaban los corredores en mi camino. Ahí fue cuando grité, “¡CUIDADO!”

Había estado haciendo ciclismo en el parque por tan sólo unos segundos y ya le estaba gritando a los corredores y los peatones.

Mi cambio de perspectiva fue inmediato. Sin embargo, no me sentí enojado -me sentía asustado. Cualquier movimiento inesperado de un corredor pudiera significar una colisión seria, tanto para mí como para ellos.

Eso me puso a pensar: ¿Qué tan común es que realmente nos pongamos en los zapatos de alguien más? Por ejemplo, a principios de este año, un amigo me presentó con el vicepresidente de una compañía en la lista de Fortune 50. En esa llamada de presentación yo esperaba discutir diferentes modelos de productividad y trabajo disponibles para su gran corporación multinacional. Sin embargo, después de que hice algunas preguntas de alto nivel y ofrecí los principios importantes del cómo organizo roles y sistemas, este ejecutivo elevó su voz, gritando “¡esto no funcionará aquí, usted no nos entiende!” Y “¡es más complicado que eso!”

Rápidamente me disculpé para terminar la llamada, le agradecí por su tiempo y le sugerí que quizá mi área de experiencia no era útil para él en ese momento. Sin embargo, en privado estaba pensando, “Grandioso, otro arrogante ejecutivo al que ya no puedes decirle nada que no sepa. Que patán.”

Sin embargo, a la luz de mi epifanía en Central Park, he estado repensando cómo percibí esa llamada. Durante nuestra conversación de 25 minutos, estoy casi seguro de que no dije algo para hacer enojar al hombre. Además, él probablemente no es un patán; después de todo, nos presentó un amigo en común. Lo que se manifestó como una postura demandante, de mecha corta y de no tomar prisioneros, pudiera simplemente haber sido la de un ejecutivo bajo una extraordinaria presión, trabajando para protegerse a sí mismo o a su equipo de algo que temía -ineptitud, fracaso, vergüenza o incluso sólo el cambio. Quizá si yo hubiera hecho mejor trabajo al ponerme en sus zapatos, habría sido capaz de ayudar.

¿Cuántos conflictos laborales resultan simplemente de ser incapaces de ver el tema desde la perspectiva de su contraparte? Comencé a hacer una lista, a través de una lluvia de ideas, respecto a cómo los compañeros pueden entender de mejor manera el punto de vista del otro:

+ Pregúntele a su jefe si usted puede ser un observador silencioso en alguna de las reuniones que dirija su supervisor, de forma que salga con una mejor idea de las presiones que el jefe y sus colegas enfrentan, y de cómo usted puede ayudar a mitigarlas.

+ Rote responsabilidades dentro de su departamento, de forma que cree una comprensión compartida de lo que se requiere para hacer las cosas, e incremente la visibilidad respecto a los objetivos en competencia de los compañeros de equipo.

+ Acepte un rol en una fuerza de tarea multifuncional o multiempresarial – roles que usualmente son evitados a toda costa -para exponerse más a lo que está sucediendo en otras partes de la organización.

+ Tome un “externado” con un consumidor, trabajando con su compañía por un periodo definido de tiempo para entender lo que significa ser realmente un cliente atendido por su organización.

Esta lista está lejos de ser exhaustiva -y vale la pena enfatizar que, lo que de hecho me funcionó mejor, no tenía nada que ver con el trabajo. Desarrollar sus músculos de empatía en cualquier oportunidad puede mejorar de formas inesperadas su habilidad de ver la situación de forma distinta, ya sea que esté dentro o fuera de la oficina. No tiene que ser una sensiblera sesión de entrenamiento. Puede ser tan simple como cambiar algunos hábitos o leer una buena novela. O incluso tomar un paseo en el parque.

“¿Cuántos conflictos laborales resultan simplemente de ser incapaces de ver el tema desde la perspectiva de su contraparte?”

“Tenga una mejor idea de las presiones que el jefe y sus colegas enfrentan, y de cómo usted puede ayudar a mitigarlas.”

“Desarrollar sus músculos de empatía en cualquier oportunidad puede mejorar de formas inesperadas su habilidad de ver la situación de forma distinta, ya sea que esté dentro o fuera de la oficina.”

He aquí algunas ideas que le pueden ayudar a entender de mejor manera el punto de vista del otro:

-Pregúntele a su jefe si usted puede ser un observador silencioso en alguna de las reuniones que dirija su supervisor.

-Rote responsabilidades dentro de su departamento.

-Acepte un rol en una fuerza de tarea multifuncional o multiempresarial.

-Tome un “externado” con un consumidor.

Desarrollar sus músculos de empatía en cualquier oportunidad puede mejorar de formas inesperadas su habilidad de ver la situación de forma distinta, ya sea que esté dentro o fuera de la oficina.

© 2015Harvard Business School Publishing Corp.

De: hbr.org

Distribuido por: The New York Times Syndicate.

Put Yourself in Your Colleague’s Shoes

I start my mornings with a run around Central Park in New York City. Over the past 18 months, it’s become more like dodging cyclists than going for a relaxing jog. Cursing – with gestures to match – and even a near miss are regular occurrences as those two groups of athletes try to get their daily workout. I’ve even seen a cyclist spit on a runner.

How could so many cyclists be so angry? Wanting to understand, last Saturday I borrowed a friend’s bicycle, strapped on his cycling shoes and clipped into the pedals. I entered the park on West 77th St., where a steep ramp descends into the 6-mile loop. I quickly accelerated down it and had to merge onto a roadway packed with runners and pedestrians who weren’t paying attention to me. As my bicycle picked up speed and I tried to enter the loop, I realized I was in danger – and so were the runners in my path. That’s when I shouted, “HEADS UP!”

I had been bicycling in the park for only a matter of seconds and I was already yelling at runners and pedestrians.

My perspective shift was immediate. But I didn’t feel angry – I felt scared. Any unexpected move by a runner could mean a serious collision, both for me and for them.

That got me thinking: How common is it to really put ourselves in someone else’s shoes? For instance, earlier this year, a friend introduced me to a senior vice president at a Fortune 50 company. In our introductory phone call I expected to discuss different productivity and labor models available for his large, multinational corporation. But after I asked some high-level questions and offered the important principles for how I organize roles and systems, this executive raised his voice, shouting, “That won’t work here! You don’t understand us!” and “It’s more complicated than that!” I quickly excused myself from the call, thanked him for his time, and suggested that maybe my area of expertise wasn’t helpful for him at this time. Privately, though, I was thinking, “Great, another arrogant executive that you can’t tell anything that he doesn’t already know. What a jerk.”

But now, in light of my Central Park epiphany, I have been rethinking how I perceived that call. During our 25-minute conversation, I’m almost certain I did not say something to anger the man. And he is probably not a jerk; after all, we were introduced through a mutual friend. What manifested as a demanding, short-tempered, take-no-prisoners posture may just have been an executive under extraordinary pressure, working to protect himself or his team from something he feared – inadequacy, failure, embarrassment or even just change. Maybe if I’d done a better job of putting myself in his shoes, I would have been able to help.

How many conflicts at work result from simply being unable to see the issue from your counterpart’s perspective? I began to brainstorm a list of how coworkers might better understand one another’s point of view:

+ Ask your boss if you can be a fly on the wall at one of the meetings her supervisor runs, so that you come away with a better idea of the pressures she and her peers face, and how you can help mitigate them.

+ Rotate responsibilities within your department, so that you create a shared understanding of what it takes to get things done, and increase visibility into the teammates’ competing objectives.

+ Accept a role on a cross-enterprise or cross-functional task force – roles that are usually avoided at all costs – to get more exposure to what is going on elsewhere in the organization.

+ Take an “externship” with a customer, working with his company for a defined period of time to really understand what it’s like to be a customer being serviced by your organization.

This list is far from exhaustive – and it’s worth emphasizing that what actually worked best for me had nothing to do with work. Building your empathy muscles in any capacity can improve to your ability to see situations differently in unexpected ways, whether you’re in or out of the office. It doesn’t have to be some touchy-feely training session. It can be as simple as changing some habits or reading a good novel. Or even taking a ride in the park.

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