Investigación: Cómo se propaga el comportamiento riesgoso
E
l desafío en algunas organizaciones es no tomar suficientes riesgos: Los empleados son demasiado cautelosos y no están dispuestos a probar cosas nuevas, incluso cuando serían beneficiosas, en promedio, para la organización. En otras organizaciones, el problema es la toma de riesgos excesivos: El comportamiento arriesgado se propaga a través de la organización hasta que algo sale mal.
Entonces, ¿cómo se propaga la toma de riesgos en una organización? La extrema incertidumbre que rodea al COVID-19 proporcionó un entorno único para estudiar esa pregunta. Con el inicio de la pandemia, personas de todo el mundo cuestionaron simultáneamente qué comportamientos eran apropiados para reducir el riesgo individual y social de exposición al virus.
Nuestra investigación aclara dos canales clave a través de los cuales se propaga la toma de riesgos: desde el aprendizaje social y desde el aprendizaje experiencial, o prueba y error. Las empresas deben comprender ambos y cómo interactúan potencialmente para alentar o desalentar comportamientos de riesgo.
Teorías de la toma de riesgos
Décadas de trabajo sobre normas sociales muestran que las personas a menudo se ven influenciadas por lo que observan hacer a otros. Estas observaciones ayudan a las personas a comprender qué comportamientos son comunes y cuáles probablemente les generarán recompensas o castigos sociales.
Como cualquier gerente sabe, los empleados responden menos a lo que se les dice que es un comportamiento apropiado y más a lo que ven que otros hacen en el lugar de trabajo. En culturas fuertes, estos dos van de la mano, reforzándose mutuamente.
Pero, ¿qué sucede cuando no hay señales obvias del entorno social? Aquí, es probable que las personas confíen en su propio aprendizaje experimental de prueba y error. Las personas pueden “probar las aguas”, asumiendo un riesgo modesto y luego evaluar el resultado, una evaluación que está guiada por las emociones más que por un cálculo racional.
Si las personas se involucran en comportamientos riesgosos sin consecuencias graves, pueden desarrollar una sensación de seguridad y volverse menos cuidadosas con su comportamiento. Llamamos a este fenómeno “filtración del riesgo”.
“Filtración del riesgo” durante el COVID-19
En un estudio de campo longitudinal de cinco meses, posterior al confinamiento, y antes de las vacunas, rastreamos lo que hacían las personas cuando salían de sus hogares.
Descubrimos que el nivel de actividades no discrecionales de las personas (hacer mandados para comestibles o farmacia, grupos de estudio escolares) no se modificó durante el período de tiempo. Sin embargo, las personas que vieron a otros participar en actividades discrecionales fuera del hogar (ejercicio, reuniones sociales y grandes eventos) hicieron más de estas mismas actividades a la semana siguiente, evidencia de una tolerancia progresiva al riesgo asociado con el aprendizaje social.
Implicaciones para las empresas
La lección para las empresas es, en pocas palabras: Cuidado con las “por poco y…”. Si alguien hace algo arriesgado, ya sea intencionalmente o no, y las cosas salen bien, será más probable que lo vuelva a hacer.
Este patrón es más peligroso cuando el riesgo es relativamente bajo, debido a la forma en que se combina con el aprendizaje social, como lo ilustró perfectamente la pandemia. Incluso en 2020, era muy improbable que contrajera el virus una persona que olvidó su cubrebocas y, por lo tanto, se quedó sin cubrebocas para hacer un recado. El efecto “fluencia del riesgo” los lleva a ser más propensos a ir sin cubrebocas la próxima vez. Un poco de buena suerte desencadena una reacción en cadena que termina en un comportamiento más arriesgado.
© 2025 Harvard Business School Publishing Corp. | De: hbr.org | Distribuido por: The New York Times Syndicate.
Artículo en inglés
The challenge in some organizations is not enough risk-taking: Employees are too cautious and not willing to try new things even when they’d be beneficial, on average, for the organization. In other organizations, the problem is excessive risk-taking: Risky behavior spreads through an organization until something goes wrong.
So how does risk-taking spread through an organization? The extreme uncertainty surrounding COVID-19 provided a unique environment for studying that question. With the onset of the pandemic, people around the world simultaneously questioned which behaviors were appropriate in order to reduce both individual and societal risk of exposure to the virus.
Our research clarifies two key channels through which risk-taking spreads: from social learning and from experiential learning, or trial-and-error. Companies need to understand both of them and how they potentially interact to encourage or discourage risky behaviors.
THEORIES OF RISK-TAKING
Decades of work on social norms shows that people are often influenced by observing what others do. These observations help people understand which behaviors are common and which are likely to gain them social rewards or punishment.
As any manager knows, employees respond less to what they are told is appropriate behavior and more to what they see others doing in the workplace. In strong cultures, these two go hand in hand, reinforcing each other.
But what happens when there are no obvious cues from the social environment? Here, people likely rely on their own experiential trial-and-error learning. People may “test the waters,” taking a modest amount of risk and then assess the result — an assessment that is guided by emotions more than by rational calculation.
If people engage in risky behavior without serious consequences, they may develop a sense of safety and become less careful with their behavior. We call this phenomenon “risk creep.”
‘RISK CREEP’ DURING COVID-19
In a five-month longitudinal field study following lockdown and prior to vaccines, we tracked what people did when they left their homes.
We found that people’s level of non-discretionary activities (errands for things such as groceries or a drugstore, school study groups) was unchanged during the time period. However, people who saw others engaging in discretionary activities outside of the home (exercise, social gatherings and large events) did more of these same activities the following week, evidence of a creeping tolerance of risk associated with social learning.
IMPLICATIONS FOR COMPANIES
The lesson for companies is, in a nutshell: Beware of close calls. If someone does something risky, whether intentionally or not, and things turn out all right, they’ll be more likely to do it again.
This pattern is most dangerous when the risk is relatively low, because of how it combines with social learning, as the pandemic perfectly illustrated. Even in 2020, a person who forgot a mask and so went maskless on an errand was still fairly unlikely to get the virus. The “risk creep” effect then leads them to be more likely to go maskless the next time. A bit of good luck sets off a chain reaction that ends in more risky behavior.
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