Los efectos insidiosos de la prisa
E
n el mundo acelerado de hoy, la presión por hacer más, lograr más y ser más en menos tiempo se ha convertido en una parte omnipresente de la vida moderna (y está agotando a los empleados).
Esta urgencia implacable puede dar lugar a un fenómeno conocido como “enfermedad de la prisa”, un término introducido por primera vez en 1974 por los cardiólogos Meyer Friedman y R.H. Rosenman para describir los efectos perjudiciales del comportamiento Tipo A (es decir, de alto rendimiento) en la salud cardiovascular. La enfermedad de la prisa no es una condición diagnosticable, pero encapsula un conjunto de comportamientos y emociones (impaciencia, apresuramiento crónico y una constante sensación de escasez de tiempo) que pueden causar estragos en el bienestar físico y mental de una persona.
Por qué es peligrosa la enfermedad de la prisa
La ansiedad y el estrés crónico que provienen de un estilo de vida frenético, siempre activo, y de la creencia de que tiene poco tiempo, pueden causar presión arterial alta, dolores de cabeza e insomnio. La presión arterial alta y los síntomas de ansiedad y depresión (comúnmente conocidos como angustia psicológica) son factores de riesgo conocidos de enfermedades cardiovasculares e incluso de muerte. Un gran metaanálisis encontró que la angustia psicológica por sí sola aumentaba el riesgo de mortalidad por cualquier causa, y cuanto mayor era la angustia psicológica, mayor era el riesgo de muerte, incluso después de ajustar factores como edad, índice de masa corporal, tabaquismo, actividad física y consumo de alcohol.
En el trabajo, la enfermedad de la prisa puede conducir a una mala toma de decisiones, así como a resultados subóptimos cuando no se toma el tiempo para reflexionar, o cuando las prisas resultan en errores por descuido. Sumido en los efectos de la enfermedad de la prisa, su capacidad para absorber, procesar y utilizar nueva información disminuye, y su capacidad para innovar también puede verse afectada, ya que la creatividad generalmente no puede apresurarse. Las relaciones pueden deteriorarse porque usted se irrita con facilidad cuando los demás no mantienen su ritmo intenso, o porque demuestra abiertamente escepticismo respecto a su capacidad para hacer las cosas con eficacia. Cuando el estrés laboral crónico conduce al agotamiento, la negatividad y el bajo rendimiento, el resultado final de la enfermedad de la prisa puede ser un agotamiento total.
Cómo identificar la enfermedad de la prisa
Una de las cosas que hace difícil detectar la enfermedad de la prisa es su capacidad para disfrazarse de eficiencia, productividad, logros o creación de valor para la organización. Como cada una de estas son cualidades muy valoradas y signos de alto rendimiento, es posible que usted ni siquiera se dé cuenta de que algo está mal hasta que su prisa constante le cobre un precio.
Observe si alguno de estos signos y síntomas de la enfermedad de la prisa está presente en su experiencia laboral:
— Todo le parece urgente.
— Siempre tiene prisa.
— Está constantemente preocupado por el paso del tiempo.
— Siempre siente que va retrasado.
— Tiene poca paciencia y se irrita con facilidad.
— Le quita prioridad a su propio bienestar en favor de la eficiencia y la productividad.
— Le incomoda tener tiempo libre y rara vez se toma un momento para descansar.
— Siente placer al completar tareas.
Cómo superar la enfermedad de la prisa
Aunque los costos de la enfermedad de la prisa pueden ser graves, los remedios están fácilmente disponibles. Pruebe estos consejos y tácticas para comenzar a desacelerar y recuperar su salud sin comprometer su rendimiento:
— Implemente funciones de control obligatorias.
— Haga una pausa antes de decir que sí.
— Escriba las consecuencias de decir que sí.
— Escriba los beneficios de desacelerar.
— Utilice una herramienta que le ayude a priorizar.
— Priorice la amabilidad sobre los logros.
— Practique la atención plena (mindfulness).
— Busque apoyo.
© 2025 Harvard Business School Publishing Corp. | De: hbr.org | Distribuido por: The New York Times Syndicate.
Artículo en inglés
In today’s fast-paced world, the pressure to do more, achieve more and be more in less time has become a pervasive part of modern life — and it’s wearing employees out.
This relentless urgency can result in a phenomenon known as “hurry sickness,” a term first introduced in 1974 by cardiologists Meyer Friedman and R.H. Rosenman to describe the damaging effects of Type A (i.e., high-achieving) behavior on cardiovascular health. Hurry sickness isn’t a diagnosable condition, but it encapsulates a set of behaviors and emotions — impatience, chronic rushing and a constant sense of time scarcity — that can wreak havoc on a person’s physical and mental well-being.
WHY HURRY SICKNESS IS DANGEROUS
The anxiety and chronic stress that come from a frantic, always-on lifestyle and the belief that you’re chronically short on time can result in high blood pressure, headaches and insomnia. High blood pressure and symptoms of anxiety and depression (commonly referred to as psychological distress) are known risk factors for cardiovascular disease and even death. A large meta study found that psychological distress alone increased risk of mortality from any cause — and the higher the psychological distress, the higher the risk of death, even after adjusting for factors such as age, body mass index, smoking, physical activity and alcohol consumption.
At work, hurry sickness can lead to poor decision-making as well as suboptimal outcomes when you don’t take time to think things through, or when rushing results in careless errors. Deep in the throes of hurry sickness, you experience a decreased ability to absorb, process and use new information, and your ability to innovate can suffer as well, as creativity usually can’t be hurried. Relationships can suffer because you’re easily irritated when others don’t keep up with your intense pace, or because you’re openly skeptical of their ability to get things done efficiently. When chronic workplace stress leads to exhaustion, negativity and underperformance, the final outcome of hurry sickness can be full-blown burnout.
IDENTIFYING HURRY SICKNESS
One of the things that makes hurry sickness difficult to detect is its ability to come disguised as efficiency, productivity, achievement, or creating value for the organization. As each of these are prized qualities and signs of high performance, you may not even realize something is wrong until your constant hurrying exacts a price.
See if any of these signs and symptoms of hurry sickness are present in your own experience at work:
— Everything feels urgent.
— You’re always in a rush.
— You’re preoccupied with the passage of time.
— You always feel behind schedule.
— You’re low on patience and easily irritated.
— You deprioritize your own well-being in favor of efficiency and productivity.
— You’re uncomfortable with downtime and rarely take time to rest.
— You get pleasure from getting things done.
HOW TO OVERCOME HURRY SICKNESS
Though the costs of hurry sickness can be dire, the remedies are readily available. Try these tips and tactics to begin slowing down and regaining your health — without compromising performance:
— Implement forcing functions.
— Pause before saying yes.
— Write down the consequences of saying yes.
— Write down the benefits of slowing down.
— Use a tool to help you prioritize.
— Prioritize grace over accomplishment.
— Practice mindfulness.
— Seek support.
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