Investigación: Cómo la “penalización por acento” determina quién es escuchado
E
n las organizaciones modernas, los líderes suelen asumir de manera tácita que las buenas ideas destacan por sus propios méritos. En principio, la experiencia, la evidencia y la originalidad deberían determinar objetivamente qué ideas captan la atención. Sin embargo, en la práctica, la influencia a menudo depende de algo mucho menos visible: el acento de quien habla.
Quién es escuchado, compartido, citado o seguido no solo está determinado por lo que se dice, sino también por características del hablante que influyen en cómo se reciben las ideas. Nueva evidencia sugiere la existencia de una fuerza oculta que distorsiona silenciosamente este proceso: el sesgo por acento. A través de una amplia variedad de plataformas digitales, encontramos que los hablantes con acentos no nativos del inglés reciben consistentemente menos interacción. Estos hallazgos respaldan investigaciones previas que sugieren que este mismo sesgo también puede afectar los juicios de credibilidad y competencia en interacciones presenciales, incluidos contextos organizacionales como la contratación y la evaluación.
Nuestra investigación encontró que la “penalización por acento” tiene un peso considerable en entornos donde la atención determina el alcance y la influencia. Para entender si el acento por sí solo influye en la interacción en contextos reales, analizamos más de 5,000 charlas públicas de alto perfil de TED, impartidas en inglés. Estas charlas variaban ampliamente en tema, experiencia del ponente y visibilidad, lo que ofrecía una oportunidad poco común para observar cómo las audiencias responden a las ideas “en condiciones reales”, en lugar de entornos de laboratorio altamente controlados.
Surgió un patrón claro: los ponentes con acentos no nativos del inglés recibían consistentemente menos interacción, medida por el número de visualizaciones y “me gusta”. Es importante destacar que esta brecha se mantuvo incluso después de ajustar la calidad del contenido, el tema, la experiencia y la visibilidad de las charlas. Dicho de otra manera, dos ponentes pueden presentar ideas igualmente sólidas, en escenarios igualmente relevantes, y aun así recibir niveles de atención significativamente distintos, simplemente porque uno habla con un acento “menos estándar”.
Lo que hace que el sesgo por acento sea especialmente insidioso es que los oyentes no lo perciben como un sesgo deliberado o intencional. En un experimento controlado posterior realizado en 2024, reclutamos a más de 1,300 adultos en Estados Unidos para escuchar un breve fragmento de audio inspirado en una charla pública sobre creatividad. El contenido y la forma de presentación eran idénticos en todas las condiciones. La única diferencia era el acento del hablante: en una versión, el orador tenía acento estadounidense; en la otra, un acento persa, cuidadosamente seleccionado porque, aunque es claramente no nativo, no resulta ampliamente reconocible para la mayoría de los adultos en Estados Unidos.
Después de escuchar, los participantes reportaron qué tan interesante les pareció la charla, qué tan probable sería que la compartieran en línea, qué tan involucrados se sintieron en general, qué tan fácil o difícil fue entenderla, y qué tan cálido y competente percibieron al orador. Los resultados de nuestros experimentos revelan que los oyentes no están “descontando” las ideas de forma intencional; más bien, siguen un patrón psicológico: el habla con acento incrementa sutilmente el esfuerzo cognitivo y reduce las percepciones de calidez y confiabilidad, lo que a su vez disminuye la interacción. Específicamente, la condición con acento persa fue percibida como más difícil de procesar y menos cálida en comparación con la condición con acento estadounidense, lo que llevó a niveles más bajos de interacción prevista (por ejemplo, la disposición a compartir el contenido) entre los participantes.
En las organizaciones, esta dinámica puede distorsionar qué tipo de experiencia es reconocida y qué ideas logran ganar tracción, especialmente en equipos globales donde los hablantes no nativos de inglés son frecuentes. Por lo tanto, la oportunidad está en reconocer el acento como una barrera previamente ignorada para la inclusión, la influencia y la innovación. Cuando no se examina, el sesgo por acento puede moldear silenciosamente qué ideas o contribuciones se amplifican, con consecuencias posteriores en la calidad de las decisiones y el aprendizaje organizacional. Aunque las empresas han invertido significativamente en reducir sesgos relacionados con el género, la raza y la apariencia, el acento sigue siendo en gran medida ignorado, a pesar de ser omnipresente en equipos globales y en las rutas de desarrollo hacia posiciones de liderazgo.
© 2026 Harvard Business School Publishing Corp. | De: hbr.org | Distribuido por: The New York Times Syndicate.
Artículo en inglés
In modern organizations, leaders tacitly assume that good ideas rise on their merits. In principle, expertise, evidence and originality should objectively determine whose ideas garner attention. In practice, however, influence often depends on something far less visible: a speaker’s accent.
Who gets listened to, shared, cited or followed is shaped not only by what is said, but also by characteristics of the speaker that influence how ideas are received. New evidence suggests a hidden force quietly distorting this process: accent bias. Across a plethora of digital platforms, we found that speakers with non-native English accents consistently receive less engagement. These findings support previous research that suggests the same bias can affect in-person judgments of credibility and competence, including in organizational contexts like hiring and evaluation.
Our research found that the “accent penalty” carries extensive weight in settings where attention determines reach and influence. To understand whether accent alone shapes engagement in real-world settings, we analyzed more than 5,000 high-profile public TED Talks delivered in English. These talks varied widely in topic, speaker expertise and visibility, offering a rare opportunity to observe how audiences respond to ideas “in the wild,” rather than in tightly controlled laboratory settings.
A clear pattern emerged: Speakers with non-native English accents consistently received less engagement as measured by the number of views and likes. Importantly, this gap persisted even after adjusting for the content quality, topic, expertise and visibility of the speakers’ talks. Put differently, two speakers could deliver equally strong ideas, on equally prominent stages and still receive meaningfully different levels of attention, simply because one spoke with a “less-standard” accent.
What makes accent bias especially insidious is that it is not experienced by listeners as deliberate or intentional bias. In a follow-up controlled experiment conducted in 2024, we recruited over 1,300 U.S. adults to listen to a short audio clip modeled after a public talk on creativity. The content and presentation of the talk were identical across conditions. The only difference was the speaker’s accent: In one version, the speaker spoke with an American accent; in the other, a Persian accent, carefully selected because while it is clearly non-native, it is not widely recognizable among most U.S. adults.
After listening, participants reported how interesting they found the talk, how likely they would be to share it online, how engaged they felt overall, how easy or difficult the talk was to understand, and how warm and competent they found the speaker. The results of our experiments reveal that listeners are not intentionally “discounting” ideas; instead, they follow a psychological routine: Accented speech subtly increases cognitive effort and reduces perceptions of warmth and trustworthiness, which in turn suppress engagement. Specifically, the Persian-accented condition was perceived as harder to process and less warm compared to the American-accented condition, leading to decreased levels of intended engagement (e.g., willingness to share the content) among the participants.
In organizations, this dynamic can distort whose expertise is recognized and whose ideas gain traction, especially in global teams where non-native English speakers are prevalent. Thus, the opportunity lies in recognizing accent as a previously overlooked barrier to inclusion, influence and innovation. When left unexamined, accent bias may quietly shape whose ideas or contributions are amplified, with downstream consequences for decision quality and organizational learning. While organizations have invested heavily in reducing bias based on gender, race and appearance, accent remains largely unaddressed — despite being ubiquitous in global teams and leadership pipelines.
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